"Entramos, salimos, amamos, odiamos, trabajamos, dormimos; o sea, nos pasamos la vida contando como el chico del juego, entretenidos o aturdidos, sin pensar en que nuestra existencia tiene un fin. Pero de cuando en cuando recordamos que somos mortales y entonces miramos hacia atrás, sobresaltados, y ahí está la Parca, sonriendo, quietecita, muy modosa, como si no se hubiera movido, pero más cerca, un poquito más cerca de nosotros."
La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Mastreta (2013)

El arte, a mi forma de pensar, siempre ha sido el reflejo de una sociedad. Desde la cosmología Egipcia hasta la mitología Griega y Romana, un lienzo blanco en el cual las personas plasman escribiendo, pintando o cantando los pesares y alegrías que han atravesado o tienen temor de atravesar.

La peste siempre ha estado con nosotros desde el principio de los tiempos, para aterrarnos con la amenza inminente de la muerte y excitar la fantasía y la creación artística. Los resortes de la imaginación humana son variados, pero hay estados anímicos como el miedo que la activan de manera inmediata.

No toleramos lo inexplicable y nos resignamos a no saber lo que pasa en la oscuridad o más allá de lo que se conoce, el miedo incita a buscar respuestas. Durante siglos, sólo contábamos con la imaginación poética para transformar el miedo en un símbolo humano que pudiéramos asimilar, tratando de tener el control para no sentirnos a la deriva.

De este punto surgieron imágenes que resumen la experiencia del mal (o lo incomprendido), empezando por Satanás, una representación simbólica del mal.

Buena parte de la iconografía demoníaca moderna surge del poema "El paraíso perdido" de Jhon Milton publicado por primera vez en 1667, donde describe la caída de Adan y Eva por obra de Lucifer que pretende vengarse de Dios a partir de su obra más querida: el ser humano. (https://biblioteca.org.ar/libros/656292.pdf)

Me miserable! Which way shall I fly, infinite wrath, and infinite despair? (Gustave Doré, 1866)

Gustave Doré es uno de los artistas que trató de ilustrar esta obra maestra de la literatura universal, representando el momento de la caída de Satán a la Tierra, expulsado por Dios de la corte celestial.

El triunfo de la muerte (Bruegel el Viejo, s. XVI), actualmente en el Museo Nacional del Prado.

A la enfermedad inexplicable que asoló a Europa a lo largo de la baja Edad Media y en los tres siglos posteriores, se le hizo visible mediante imágenes de esqueletos que se erguían triunfantes, a caballo o en una carreta, guadaña en mano, sobre las hordas de mortales condenados. La más famosa de estas representaciones fue El triunfo de la muerte que pintó Bruegel el Viejo; aquel título era común en las obras que plasmaban el arquetipo de la mortandad desbocada, pero ninguna revelaba el aterrador dinamismo de la muerte como la de Bruegel.

En El triunfo de la muerte, un ejército de agentes malévolos cae sobre una villa llevándose por delante, con igual sevicia, al rey y al labriego, al blanco y al negro, al que se resigna y al que se resiste. No hay escapatoria. La invasión pestífera abre un canal al infierno que delata el carácter moralizante de la obra: la condena es un castigo por el mundano olvido de Dios.

Autorretrato con la muerte tocando el violín (Arnold Blöckli, 1872)

Esta imagen de la muerte reinando sobre la humanidad vuelve a aparecer en cuadros de Arnold Blöcklin, uno de los principales representantes del simbolismo alemán y uno de los artistas visuales más importantes del siglo XIX, sus obras se caracterizan por contornos definidos y colores brillantes.

Muerte y vida (Gustav Klimnt 1908-1915)

Sin embargo, por cada cuadro que tenemos de la muerte a nuestras espaldas, tenemos uno que nos lleva a esa utopía tan deseada por el ser humano. Porque sin importar todo lo malo que pase, siempre habrá personas que obtendrán algo maravilloso, letras que nos asombren y nos curen a medida que las vamos descubriendo; porque a pesar de la muerte, siempre nos quedan los paisajes, el mar, la compañía, la vida y la libertad que nos inunda el cuerpo al sabernos con todo eso.

Joyeuse Gambe (Paul Émile Chabas, 1899)
La familia alegre (Jan Steen, 1668)
La alegría de vivir (Henri Matisse, 1906)

"Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra"
Gabriel García Márquez, discurso en la entrega del Nobel de Literatura 1982

REFERENCIAS:

El arte y la peste (2020) The New York Times: https://www.nytimes.com/es/2020/03/27/espanol/opinion/arte-coronavirus.html

The story of art, Gombrich E.

El paraíso perdido. Milton, J.